¿Sigue siendo joyful?
8 min de lectura

¿Sigue siendo joyful?

Una revisión honesta de Joyful Development casi dos años después: trabajo, culpa, comparación, IA y la alegría de seguir creando lento.

reflexióndesarrolloprogramacióncarrerajoyful-developmentaprendizajeindie
Volver al blog

En septiembre de 2024 escribí un artículo llamado Joyful Development. Era básicamente una declaración de intenciones: me importa aprender, no el dinero, no la velocidad, no ser el mejor. Lo escribí siendo estudiante y lo creía completamente.

Antes creía que bastaba con disfrutar

Han pasado casi dos años desde entonces. Hoy tengo trabajo, proyectos propios en curso, y quiero revisitar esas ideas con honestidad.

Aunque sigo creyendo en lo que escribí, ahora entiendo que disfrutar programar no te vuelve inmune al cansancio, a la comparación ni a la presión de convertir cada idea en algo demostrable. En cierto modo, el Ángel de 2024 tenía razón, pero le faltaban cicatrices.

Programar por placer se siente distinto cuando también programas por obligación 40 horas a la semana. La energía creativa deja de parecer infinita. A veces llegas a tus propios proyectos con ganas, pero sin combustible. El problema surge cuando el IDE deja de ser un patio de juegos y se convierte en una oficina.

Entrar al mundo laboral tiene un efecto particular que nadie te advierte bien: tu relación con el código cambia. No necesariamente porque dejes de aprender o porque todo se vuelva horrible, sino porque programar empieza a ocupar otro lugar en tu vida. Ya no es solo exploración. También es cansancio, entrega, prioridades ajenas y energía que no siempre vuelve al final del día.

Pero lo más incómodo que descubrí no fue eso. Fue darme cuenta de que la obligación me agobia en cualquier contexto, no solo en el trabajo. Mis propios proyectos, cuando empiezan a sentirse como deuda pendiente, pierden algo.

El problema no era trabajar para otros; era perder agencia

No creo que construir productos de otros sea algo malo por sí mismo. Hay proyectos ajenos que pueden ser desafiantes, valiosos e incluso entretenidos. El problema aparece cuando pasas demasiado tiempo resolviendo objetivos que no elegiste, bajo restricciones que no entiendes del todo, para un resultado que no sientes propio.

Estás poniendo ladrillos en una casa que no es tuya, mientras tus propias ideas siguen viviendo en carpetas, notas sueltas y repos a medio empezar.

Perder agencia no solo afecta lo que haces durante la jornada laboral. También cambia cómo miras tu tiempo libre. Cuando tu energía ya fue usada en decisiones ajenas, tus propios proyectos empiezan a cargar con una expectativa injusta: tienen que compensar todo lo que el trabajo no te dio.

Y eso es una presión enorme.

De repente, lo que antes era un espacio de exploración y diversión se vuelve un espacio de ejecución. Tus proyectos personales dejan de ser un lugar para probar cosas nuevas y se convierten en una especie de examen donde tienes que demostrar que tu tiempo libre no fue desperdiciado.

Creo que también me afectó la forma en que la industria, o al menos la cultura informática que consumo, empuja la idea de que deberías estar “shippeando” algo constantemente. La IA nos hace más rápidos ‘shippeando’, pero no más rápidos ‘decidiendo’. La presión por producir aumentó porque la herramienta es veloz, pero el proceso humano de entender y madurar una idea sigue tardando lo mismo. Sin importar si estás cansado, si ya tienes miles de proyectos abiertos o si apenas estás intentando entender qué quieres construir.

Si no estás construyendo algo después de la oficina, parece que te estás quedando atrás.

Y eso es agotador.

Mis proyectos también empezaron a sentirse como deuda

Durante mucho tiempo pensé que mis proyectos personales eran el lugar donde podía escapar de esa sensación. GibGen, Lore Designer, mis experimentos raros, mis ideas a medio formar. Ahí podía volver a jugar.

Y en parte sigue siendo cierto.

Pero incluso una idea propia puede volverse pesada cuando empieza a sentirse como una promesa pendiente.

No es que no quiera hacerlos. De hecho, muchas veces me emocionan demasiado. El problema es que, cuando no tengo claridad sobre el proceso o el resultado, esa emoción se mezcla con ansiedad.

Es como tener un juguete nuevo que te encanta, pero sentir que deberías estar usándolo todo el tiempo para justificar que lo tienes.

Y ahí la diversión empieza a doblarse hasta parecer obligación.

La comparación que duele aunque digas que no

En el artículo original escribí que no me interesaba ser el mejor. Y lo decía en serio. Pero hay una diferencia entre no querer ser el mejor y no sentirte pequeño cuando ves a otros construyendo cosas que te parecen increíbles. Esas dos cosas pueden coexistir, y durante mucho tiempo no lo entendí bien. Abres GitHub y alguien de tu edad tiene un proyecto con miles de estrellas. Entras a Twitter y alguien acaba de lanzar algo que llevaba tres meses construyendo. Lees un artículo de alguien que ya tiene su propio lenguaje de programación funcionando, su propio editor, su propio compilador.

Y tú tienes carpetas. Ideas bien pensadas. Design docs detallados. Mucho aprendido y poco shippeado.

No es envidia exactamente. Es algo más parecido a la sensación de que el tiempo pasa y tú sigues en el mismo lugar mientras el resto avanza. Aunque racionalmente sepas que no estás compitiendo con nadie, igual duele un poco.

Creo que lo que duele no es ver a otros avanzar. Es la distancia entre cómo te describes a ti mismo y lo que puedes mostrar. Me considero alguien que construye cosas, que aprende, que le pone empeño. Pero cuando miro hacia afuera y no encuentro evidencia visible de eso, por un momento esa identidad tambalea. Y eso es raro, porque sé que el aprendizaje que no se shippe igual sucedió. Los agujeros de conocimiento en los que me metí con mis proyectos son reales aunque nadie los vea. Pero el cerebro no siempre opera con esa lógica. A veces necesita algo tangible para creer lo que ya sabe.

Supongo que eso también es parte de vivir la filosofía en lugar de solo declararla.

Mucho aprendido, poco shippeado

Desde que empecé en esto de la programación (por ahi tipo 2017), siempre he tenido las ganas de dejar algo tangible, pero al mismo tiempo, que ese proyecto me sirva como un espacio de aprendizaje, no solo algo de dinero fácil o un producto para mostrar. Y como soy muy curioso, siempre me intereso saber como lo que nosotros escribimos se traduce a algo que la computadora pueda entender.

En su momento tuve miedo, pero este año, hace aproximadamente un mes, empecé a diseñar mi propio lenguaje de programación, Owlet. Y desde el año pasado, también he estado trabajando en Lore Designer, una herramienta de desarrollo narrativo para escritores y worldbuilders. Son los dos proyectos donde todavía siento que estoy jugando de verdad.

Y en ambos he aprendido cantidades que no me esperaba. Compiladores, teoría de lenguajes, diseño de producto, cómo pensar un problema narrativo complejo. Me he metido en agujeros de conocimiento enormes y he salido con la cabeza llena hasta el punto en que me duelen los ojos de tanto leer.

Pero el código avanza lento. Muy lento. Y eso me genera culpa.

Es curioso, porque el Ángel de 2024 escribió con bastante convicción que no tenía problema con la velocidad, que estaría listo cuando estuviera listo. Resulta que eso también era más fácil de escribir que de vivir. Cuando llevas meses aprendiendo alrededor de un proyecto sin sentir que el proyecto avanza, igual aparece algo incómodo. Una voz que pregunta si de verdad estás construyendo o solo postergando. No tengo una respuesta limpia para eso. Pero sí sé que cada vez que vuelvo a cualquiera de los dos con ganas genuinas, ese ruido desaparece. El problema no es el proyecto. Es todo lo que se acumula alrededor.

¿Sigue siendo joyful?

Sí.

Pero ahora lo sé de verdad y no solo como declaración.

Cuando algo genuinamente me motiva, todo lo demás desaparece. La culpa, la comparación, el cansancio acumulado. Me enfoco al cien por ciento y mi alegría sube a un nivel que es difícil de explicar si no lo has sentido. Es la misma sensación que describí en 2024, solo que ahora tengo más contexto para entender lo que vale.

El Ángel de 2024 tenía razón en lo fundamental. Solo le faltaba haber probado esas ideas contra suficiente realidad.

Hay algo que sí cambió y que no quiero ignorar: con la IA cada vez más presente, siento que parte de ese arte desapareció. No lo digo como crítica tecnológica, sino como algo más personal. Hay algo en el acto de construir desde cero, de entender cada pieza, de resolver sin delegar, que le da peso a lo que haces. Cuando ese proceso se acorta demasiado, algo se pierde.

Por eso creo que Owlet y Lore Designer me siguen pareciendo los proyectos más honestos que tengo. En ambos podría usar IA para avanzar más rápido. A veces la uso. Pero hay decisiones de diseño, errores que tuve que entender, conceptos que tuve que leer tres veces antes de que hicieran clic, que no quiero delegar. No porque sea purismo, sino porque esa resistencia es parte de lo que hace que el proyecto me importe.

La herramienta puede cambiar el cómo, pero no reemplaza el por qué. Y mientras el por qué siga siendo aprender y disfrutar el proceso, la filosofía sobrevive aunque el contexto cambie.

La filosofía no murió. Solo se hizo más honesta.

Y creo que eso es mejor.